Abuelita: Un mes de trascendencia hacia lo eterno

Hablar de mi abuelita es hablar de la ternura y del amor.

Nuestra abuelita tuvo su forma particular de demostrar lo mucho que nos amaba: ante la impotencia de no poder ser ella quien resolviera las adversidades que se nos presentaron en el camino, solía desbordarse en llanto y desesperación; a la abue le dolió más que a nosotros mismos que sus seres amados atravesáramos por algún obstáculo en la vida. Viendo su tristeza y solidaridad comprendíamos lo mucho que se preocupaba por nosotros, lo mucho que nos amaba. En esos momentos ella nos ofrecía quizás lo más importante: amor, acompañamiento y apoyo.

Fue la mejor contadora de cuentos y leyendas; conversar con la abuelita era trasladarse a otra dimensión donde no existía el tiempo ni el espacio, únicamente su divina y hoy tan anhelada compañía.

Generosamente compartía el pan y la mesa; su gesto de cariño era saberse de memoria lo que a cada uno de los suyos le gustaba o no le gustaba tanto.

Todos fuimos cómplices de su amor por las plantas y tuvimos la dicha de deleitarnos con su sentido del humor.

Desde hace dos años ya empezamos a extrañarla. La vida, que pasa sin detenerse, fue apagando poco a poco su luz; la esperanza y la oración a veces se mezclaban con la resignación. Quizás sea por eso que su partida significó para nosotros el desprendimiento de un cuerpo cansado de haber entregado tanto amor por los suyos, y la liberación de un alma que desde hace un mes es nuestra mejor compañera.

En cada pequeño detalle de nuestras vidas la abuelita está más presente que ayer; la revivimos en nuestra memoria y la honramos cuando ponemos en práctica lo que sabiamente nos enseñó. Ya no la vemos sufrir; la sentimos libre, feliz y en paz, colmando de bendiciones a todos quienes soñamos con reencontrarnos con sus brazos que mecían, con sus manos que acariciaban y sanaban, con las sabias palabras de consejo brotadas de sus labios, con la sonrisa pícara y tierna de siempre.

Gracias por tanto y todo, Abuelita Leda. Usted no se ha ido porque vive en todos y cada uno de quienes tuvimos la bendición de compartir sus días y sus noches.

Hoy hay un espacio vacío en la casa. La ausencia física de un ser amado inevitablemente causa DOLOR; por ello, todos quienes hacemos la familia Astudillo Regalado expresamos nuestra sincera gratitud a ustedes, familiares y amigos, que con sus diversos gestos demostraron su solidaridad y aprecio hacia nosotros en estos duros momentos.

Muchas gracias.