La voz que sabe a rosas

«¡Faaaaby!», dijo. El sonido se queda resonando y soy consciente, por primera vez, de que ese sonido viaja, literalmente viaja hasta llegar a mis oídos. Es una sensación visual del color rosa más delicado, huele a rosas y, en el paladar, casi me empalago de dulzura…

Me acompaña a comer y ostenta con humildad sus habilidades culinarias:

«¡Eh! Este no es poroto del año; es poroto seco». Me detengo a procesar la sabiduría de la madre que cocina: ella sabe más de lo que imagina de la tierra, de sus ciclos y de la calidad de sus suelos. Sabe guardarse de la astucia de quien cuenta mal el cambio o aplica sobreprecios y, por supuesto, conoce el secreto de los remedios naturales. Posee una memoria prodigiosa para guardar y compartir, paso a paso y al detalle, cada una de sus recetas.

«¿Qué tal está mi frijolada? Tuve que remojarla día y medio para que salga así… suavito… ¿Sabes la cantidad de agua que debes ponerle al arroz?». Estuve a punto de contestar que sí, pero antes ella se apresuró: «¡Yo te digo! Dos dedos por encima…». Si de algo se siente orgullosa, es de sí misma al preparar arroz. No hay olla mala ni grano malo para ella; siempre le sale bien. «Regándose, ves, este no se hace bolas… recoge, recoge todo, no dejes ni un solo grano».

Gracias a la vida por ella: porque me exigía desayunar su batido, por cada taza de café juntas, por las veces en que me llevó a su oficina y a sus negocios… Gracias por la magia escondida en su voz, que hoy ha abrazado mi alma.