El “Bronx” de Medellín, el corazón abierto frente a una mente herida

De turista pasé por el centro de Medellín rumbo a la Plaza Botero y algo se me quebró por dentro. No fue una reflexión pensada; fue un impacto directo, casi físico: dolor y tristeza. La impresión de estar atravesando una herida social que no está escondida.

En Ecuador, mi país, sabemos bien lo que significa que los fenómenos sociales atraviesen a las familias: la migración es ausencia… hijos que crecen sin padres, padres que cargan la culpa de haber estado solo enviando dinero, vínculos que se vuelven extraños. Por eso, al pasar por el “Bronx” de Medellín, no pude dejar de pensar que las personas que vi también tuvieron familia, o son el resultado de familias vulneradas, de quiebres afectivos que no empiezan en la calle.

A esto se suma algo que seguimos sin comprender del todo: la salud mental no diagnosticada ni acompañada. Cuando una mente ha sido atravesada por el trauma, la violencia o el abandono, pierde la capacidad de sostenerse a sí misma. Y cuando no sabemos observar nuestros pensamientos ni distinguir entre miedo y amor, la mente se vuelve un lugar hostil. La batalla ya no ocurre afuera; ocurre adentro y el ser humano termina obedeciendo pensamientos que lo dañan, buscando alivio donde puede, aún cuando el “alivio” resulte más destructivo.

En ese contexto aparecen sustancias que suelen colocarse en un mismo lugar, aunque no pertenecen al mismo orden. El bazuco y la heroína forman parte de una lógica de descarte químico: no surgen del vínculo humano con la tierra ni de prácticas culturales de cuidado, sino de procesos industriales asociados históricamente a guerra, pobreza extrema y economías que consumen cuerpos cuando ya no resultan útiles. Ambas actúan sobre mentes previamente vulneradas y aceleran su deterioro físico y psíquico, estrechando el margen de elección y profundizando la dependencia.

Esto es distinto de sustancias como el cannabis, los hongos psilocibios, la ayahuasca, el peyote y el San Pedro, que provienen de plantas y hongos utilizados ancestralmente en contextos rituales, comunitarios y terapéuticos. Su uso no es neutro ni espontáneo: requiere contexto, cuidado y acompañamiento, y cada vez con mayor claridad la investigación científica señala la importancia de marcos responsables y profesionales. Aun así, su historia (y también los estudios contemporáneos) no las vincula al colapso acelerado del cuerpo ni a la fragmentación masiva de la mente, sino, en muchos casos, a procesos de regulación física y emocional, introspección y sentido. Confundir estas realidades no solo empobrece la comprensión del fenómeno, sino que también dificulta cualquier intento genuino de cuidado.

Escuché que existen recursos de acogida y rehabilitación, aunque no me consta su alcance ni su accesibilidad. Tampoco me consta que la ausencia de muchas personas en estos espacios responda a falta de voluntad; podría estar vinculada a una capacidad de elección profundamente afectada por el trauma, el consumo prolongado y la exclusión sostenida. Nombrar esto no busca justificar, sino intentar comprender la complejidad humana que atraviesa estas realidades.

No pude estar más de cinco minutos en la Plaza Botero. El chofer advirtió: “Cuidado con los celulares, acá entramos con los vidrios cerrados y seguros puestos, porque tienen cuchillos del tamaño de espadas”. No sé si sentí más miedo o más tristeza. Tal vez ambas cosas al mismo tiempo.

Sin poder dormir, indagando en las redes, encontré una organización que trabaja con esta población y algo se ordenó por dentro. Siento que el trabajo que realizan va más allá de la asistencia: es presencia donde hubo abandono, mirada donde hubo invisibilidad y cuidado donde la dignidad ha sido puesta en riesgo. Nombrar lo que duele no resuelve de inmediato, pero evita que se vuelva costumbre o paisaje.

Se me partió el corazón. Y escribir esto fue la única forma que encontré de no mirar hacia otro lado.


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Referencias:

1. Plantas y hongos de uso ancestral estudiados en contextos terapéuticos contemporáneos

(psilocibina, ayahuasca/DMT, mescalina –San Pedro y peyote– y cannabis)

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2. Sustancias asociadas al deterioro neurocognitivo y desorganización funcional

(cocaína base / bazuco y heroína – opioides)

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