Sembrar Libertad: Criar sin culpas en la escuela de la naturaleza.

Supe que era importante guiar a mis hijos en una línea espiritual; ofrecerles, como madre, una base amorosa sobre la que ellos, más adelante, pudieran discernir y elegir.

Pasé por el catolicismo sin hallar respuestas. Hice el retiro Juan XXIII, brincaba de novena en novena por todas las advocaciones a María, Jesús, los ángeles y santos. Los bauticé, Isaac hizo la primera comunión… pero algo no terminaba de encajar.

Aún recuerdo el día en que dije: “Aquí no es”. Estaba en una misa de honras, crucé mirada con Christopher y lo supimos. Desde acá (años más tarde) agradezco ese “milagro”, porque pienso en lo complejo de las parejas con caminos religiosos o espirituales separados que he visto en terapia.

Me devoré un libro tras otro y, al fin, encontré una forma de espiritualidad que para mis hijos ha sido lo más natural del mundo. Cuando Isaac —por estudiar en un colegio católico— hizo la confirmación, estaba clarísimo: los dones del Espíritu Santo no llegaban ese día; están siempre.

Hace 20 años que estoy “mal casada” (como se le llama a la unión que es legal pero no religiosa). Tengo la certeza de que una relación es una decisión diaria, no una cadena ni una condena divina; y que mientras dure, tomando las palabras de mi terapeuta Renato Hurtado, “la pareja es camello diario”, una de las mejores oportunidades para cre-ser.

Dámaris cumplió 11 años. No va al catecismo, pero ya hizo su primer retiro de meditación y siento que cada vez reconoce con más claridad que la comunión con el maestro y hermano mayor, Jesús, es mental y diaria; que enumerar culpas no la acerca a Dios, porque la verdadera liberación nace cuando su mente se aquieta y recuerda que siempre puede elegir de nuevo… elegir de nuevo alinearse con la Voluntad del Amor.

En esa misma dirección, también hemos encontrado nuestra propia forma de honrar lo sagrado desde la magia verde. Creamos rituales juntos (no los que se nos impusieron, sino los que brotan del corazón): elegimos colores, encendemos velas, fijamos intenciones y dejamos que la naturaleza sea nuestra maestra. Mis hijos han aprendido in situ que somos uno con la tierra, que el viento responde, que el agua purifica, que el fuego transforma y que las plantas escuchan. Han comprendido que la espiritualidad no consiste en repetir normas, sino en sentir la vida latiendo alrededor y dentro de nosotros.

No sé qué camino transitarán algún día. Mientras tanto, elijo mostrarles que la oración y la meditación son sendas que desactivan el ego; porque cuando la mente se aquieta, el corazón recuerda que cuidar —de uno mismo, de los otros, de la tierra— nunca es pérdida, sino expansión. Cada pensamiento puede ser una bendición, cada gesto una ofrenda de amor, porque la paz se entrega primero en la mente para luego derramarse en el mundo.

Siembro en ellos una fe que incluya, que abrace, que reconozca la dignidad de todos: un camino donde el corazón sea la brújula, la compasión sea la ley y donde quede deshecha la idea de que nacemos pecadores, culpables o merecedores de castigo.

Al final, eso es lo único que deseo dejarles: la certeza de que lo sagrado no está afuera; que cuando la vida se ponga ruidosa, siempre sepan volver a ese lugar silencioso donde el Amor —ese Amor que no condena ni divide— los ha estado sosteniendo desde siempre. Infinito. ♾️